Entrevista a Luis Rojas Marcos

Fuente: Executive Excellence

PERSONAJES CON TALENTO / Luis Rojas Marcos: el instinto de la superación
ESCRITO POR FEDERICO FDEZ. DE SANTOS Y ALDARA BARRIENTOS

GESTIÓN / HABILIDADES

No es la primera vez que tenemos la suerte de compartir unos minutos con el Dr. Luis Rojas Marcos. En esta ocasión, ha sido la Fundación Caser la que nos ha brindado esta oportunidad. El prestigioso psiquiatra sevillano, afincado en Nueva York desde 1968, ha viajado a Madrid para impartir la conferencia “Saber envejecer”, que forma parte del ciclo de encuentros organizado por la Fundación Caser con el propósito de concienciar y sensibilizar a la sociedad española en materia de dependencia.

En 1981, Rojas Marcos fue nombrado director de los Servicios Psiquiátricos de la red de hospitales públicos de Nueva York. En 1992 fue designado Commissioner of Mental Health o máximo responsable de los servicios municipales de salud mental, alcoholismo y drogas, y tres años después fue elegido por el alcalde Rudolph Giuliani para el cargo de presidente ejecutivo del Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York.

En la actualidad, es profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York. Es también miembro de la Academia de Medicina de la misma ciudad, de la Asociación Americana de Psiquiatría (miembro distinguido vitalicio) y de la Academia Americana de Medicina Paliativa, entre otros. En 2010, el Gobierno español le concedió la Medalla de la Orden de las Artes y las Letras de España.

Ha escrito numerosos artículos en medios de información general, así como en publicaciones científicas, y colabora en España con varias organizaciones del ámbito social y de la salud. Sus últimos libros en español son Más allá del 11 de septiembre, La fuerza del optimismo, La autoestima, Corazón y mente (obra conjunta con el cardiólogo Valentín Fuster), Superar la adversidad y su última obra: Eres tu memoria.

Saber envejecer

Recogemos primero algunas de las lecciones aprendidas en la conferencia del Dr. Luis Rojas Marcos en la Fundación Caser.

“En general, las personas necesitamos una explicación, darle sentido y significado a los cambios que vivimos y a las cosas que nos suceden”. Por eso se hace necesario explicar el proceso del envejecimiento, que además es inevitable porque, tal y como advierte el Doctor, “nuestros genes están programados para envejecer y no hay nada que podamos hacer”. Sin embargo, sí podemos aprender a envejecer bien.

Rojas Marcos recomienda aceptar y utilizar las medidas que la industria y la medicina ofrecen: “Hoy en día la medicina no solo cura enfermedades, sino que ha traspasado la frontera de la patología y trata temas como el crecimiento, el optimismo… Hay investigadores que se dedican a estudiar las cualidades del ser humano que nos ayudan a superar adversidades y enfermedades. De hecho, existe una medicina de la calidad de vida”.

Para exponer las diferentes fórmulas para aprender a envejecer, el Doctor recurrió a la definición de “salud” por parte de la OMS, esto es, “el estado de bienestar a nivel físico, psicológico y social de la personas”. En relación al primer nivel, “está demostrado que el ejercicio físico regular es lo mejor para retrasar los efectos secundarios del envejecimiento”. El ejercicio físico, explicó, estimula hormonas en el cerebro (como la serotonina o la dopamina) y además es una actividad preventiva contra “las enfermedades que son más frecuentes con la edad, como la diabetes, la hipertensión, la osteoporosis, etc.”. Según Rojas Marcos: “El ejercicio físico te ayuda a prevenir enfermedades muy comunes que van a alterar el riego del cerebro, y por lo tanto van a interferir con tu memoria”. Asimismo, llamó la atención sobre la necesidad de mantener una alimentación sana y equilibrada.

Desde el punto de vista psicológico, el consejo sobre qué hacer con la mente para ayudar a llevar bien el envejecimiento fue “pensar cómo pensáis”. En palabras del Doctor: “Si empiezas a tener pensamientos automáticos negativos, debes enfocar y reflexionar sobre los motivos de los mismos. Si cada día piensas en la muerte o en que estás más viejo, hay un momento en el que debes decir: “se acabó”, y quitarte esto de la cabeza. Debemos evitar centrarnos en un pensamiento obsesivo que nos haga sentir mal”.

Inevitablemente, el envejecimiento afecta a la memoria a corto plazo, “lo que llamamos la memoria de operaciones. Esto es normal a partir de los 60 años, pero hay que distinguir la memoria de la atención. Para que la memoria grabe algo, uno tiene que prestarle atención. Hay que separar la falta de atención de la falta de memoria, aunque sí es verdad que a medida que envejecemos, esa memoria reciente se hace más frágil”. Para superar estos pequeños olvidos, Rojas Marcos recomienda recurrir a estrategias muy sencillas, “tan fáciles como dejar siempre las llaves en el mismo sitio, por ejemplo”. Aunque, “sin lugar a dudas, lo mejor que podemos hacer para la memoria es no dejar de aprender (lo que sea, un nuevo idioma, a tocar un instrumento… ¿por qué no vamos a poder hacer todo esto a partir de los 60?). Aprender algo nuevo es un fortalecedor extraordinario para nuestra memoria, pues lo que no se usa se atrofia”.

Desde la perspectiva social, otro de los factores destacados es “diversificar las parcelas de satisfacción con la vida”. Hay que identificar aquello que nos produce alegría, satisfacción y seguridad, aparte de los nietos.

Según Rojas Marcos, está demostrado que las personas que mantienen conexiones afectivas con otras superan mejor el proceso de envejecimiento: “Todos tenemos un instinto para sentirnos bien, y esto va a prolongar nuestra vida. Lo que tenemos que hacer es ayudar en ese proceso, porque nuestro cerebro ya está programado para pensar que somos más felices que los demás”.

Además de la familia, una de esas parcelas de nuestra vida que nos hace sentirnos satisfechos es el trabajo, entendido como “cualquier ocupación en la que podamos aplicar nuestras aptitudes y que nos haga sentir útiles. Por eso, el efecto saludable del voluntariado es mágico, y varios estudios así lo confirman. La persona que dedica solamente dos horas a la semana al voluntariado, comparada con la misma persona sin hacerlo, tiene la autoestima más alta, duerme mejor, consume menos el alcohol…”. En definitiva, la actividad del voluntariado nos conecta con otros seres humanos y nos hace sentir útiles.

FEDERICO FERNÁNDEZ DE SANTOS Y ALDARA BARRIENTOS: Benjamin Friedman, chairman del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, nos hablaba del impacto que tiene el crecimiento material –el poder adquisitivo de las personas– en relación con la democracia. Según Friedman, cuando una persona ve que su poder adquisitivo y su bienestar material crece a medio-largo plazo, aumentan sus valores democráticos, siendo más generoso, menos crítico con la inmigración, más tolerante y altruista, etc.; sin embargo, en un momento de crisis, se reducen esos valores. ¿Cuál es su impresión?

LUIS ROJAS MARCOS: Cerrarnos para protegernos ante situaciones que interpretamos como agresiones o amenazas es una reacción normal del ser humano. En este sentido, una sociedad –o una persona– que se vea amenazada económica, emocional o psicológicamente por una situación recurrirá, para defenderse, a unirse con aquellos con los que se identifica, y mostrará más rechazo o protección ante las personas o situaciones con las que no se siente cómodo. Naturalmente, lo que nos resulta diferente o extraño es lo primero que tendemos a eliminar de nuestro territorio en momentos de amenaza.

Precisamente, leía en el avión una noticia en El País sobre la posibilidad de que Inglaterra pudiese frenar la migración de los PIGS, si la crisis empeora. Esto nos llama la atención, porque no nos gusta la idea, pero es una reacción a nivel biológico. Como decía antes, nos sentimos amenazados y nos unimos con los que compartimos identidad, y eso sucede en las crisis agudas. Nos replegamos y protegemos, como reacción de defensa y supervivencia; aunque a menudo esto interfiera o mine ciertos valores.

Sin embargo, en mi experiencia, puedo decir que se trata de reacciones temporales, porque lo normal es que esa persona –ahora con limitaciones–, con el tiempo vuelva donde estaba y vaya mejorando. Si miramos atrás, hace más de 50 años también se dieron grandes altibajos, pero la dirección está claramente a favor de la democracia, la solidaridad y la generosidad.

F.F.S./A.B.: Son pocas las personas que han observado tan de cerca el traumatismo que generó el 11-S en la sociedad norteamericana. Por entonces, usted era responsable del Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de la ciudad de Nueva York. Si aquello fue un golpe seco, hoy estamos viviendo una enfermedad crónica que está minando la sociedad desde hace media década. Son dos efectos radicalmente distintos. ¿Qué diferencias observa entre una reacción y otra?

L.R.M.: Una cosa es un golpe seco, inesperado, como fue el 11-S, y otra es esta crisis económica que estamos viviendo. Ante una situación aguda, las defensas del ser humano son muy rápidas e inmediatas: la adrenalina te hace luchar o huir. En el 11-S era evidente que había que huir y protegerse. Luego hay un tiempo de incertidumbre, porque no sabes si esa situación inesperada se va a repetir, pero poco a poco –como no sucede– la gran mayoría de las personas la supera. Si hubiésemos tenido un 11-S seis meses más tarde, el golpe se hubiera multiplicado por 10, al convertirse en algo sobre lo que uno no tiene control y que además puede seguir ocurriendo.

En cambio, ante una crisis que comienza paulatinamente y con un impacto prolongado, la capacidad de adaptación del ser humano juega un papel importante. Ya no es la pelota de goma que aguanta el golpe y acaba volviendo a su sitio, sino que la presión es mayor y se pone a prueba la flexibilidad del ser humano; igual que no es lo mismo una fractura en un accidente, por grave que sea, que un proceso crónico de una artritis u otra enfermedad.

Esta crisis nos pone a prueba y, al mismo tiempo, nos da la oportunidad de organizarnos, de poner el centro de control dentro de uno mismo. Hay quienes piensan que pueden hacer algo por minimizar la crisis en su caso particular –no por resolverla en términos generales–, y eso es muy útil. Lo opuesto sería la indefensión, rendirse al “haga lo que haga yo esto no lo puedo resolver”… Por eso las crisis crónicas ponen a prueba, lo que llamamos en mi campo, las funciones ejecutivas: mi capacidad para buscar información útil, para analizar la situación, para pensar qué puedo hacer para minimizar mi impacto, etc. La capacidad de adaptación es fundamental.

F.F.S./A.B.: Hay ciertas profesiones, como el caso de los deportistas de elite, donde uno es “viejo” muy pronto. Con apenas 55 años y una carrera profesional brillante, el astronauta Michael López-Alegría nos decía que está llegando a un punto de estabilización en su profesión y que siente necesidad de hacer otras cosas: “Tengo ganas de que nazca otra pasión”. ¿Hasta qué punto la pasión es necesaria para sobrevivir?

L.R.M.: La pasión, el entusiasmo o la energía. Los seres humanos nos movemos más por la pasión que por los instintos, aunque estos estén ahí. La dedicación emocional a algo es esencial.

Actualmente, en Europa se empieza a hablar del concepto de reinventarse, aunque en Estados Unidos lleva algo más de tiempo. Los cambios nos ponen a prueba y algunos son inevitables; pero, si estamos bien, cualquier cambio nos amenaza. Lo que este astronauta echa de menos es un cambio, y para esto es importante encontrar la motivación, descubrir qué alternativas tengo, buscar algo diferente que nos ayude a alimentar nuestros motivos para vivir y para sentirnos bien. Aquí se pone a prueba nuestra capacidad de reinventarnos, y esto requiere un esfuerzo, una esperanza de que lo voy a conseguir y un trabajo en algo que sea consistente con nuestras capacidades, porque también corremos el peligro de, en esa reinvención, volver a lo que hacíamos antes.

La vida es cambio y el proceso de envejecimiento es inevitable. Es algo que nos afecta a nivel físico, psicológico y social, por lo tanto la capacidad y la necesidad de adaptarnos es clave, ya sea de manera progresiva o precipitada por sucesos inesperados (como la muerte de un ser querido, una enfermedad grave o la pérdida del trabajo).

No debemos olvidar que los seres humanos venimos al mundo con nuestros genes programados para sentirnos bien. Si te fijas en cómo nos planteamos cualquier adversidad, te darás cuenta de que nuestra mente y nuestro cuerpo tienden a hacernos sentirnos bien. La memoria hace que se nos olviden los fallos y las faenas y que, gracias a eso, podamos pasar página y abrir un nuevo capítulo de la vida. La tendencia a superarnos es un instinto. En el fondo, si no fuese así, cómo explicar que cada día seamos y vivamos más. Una especie en la que la mayoría de sus miembros sienta que no hay gratificación ni placer por vivir estaría destinada a la extinción.

Sin embargo, percibo con la crisis, en Europa y especialmente en España, que existe una gran diferencia entre lo que hablamos y lo que sentimos. Aquí está mal visto decir: “estoy contento, soy feliz o soy optimista”. Pero, si te preguntase cuál es tu satisfacción con la vida en general, del 1 al 10, qué me dirías. Y cuál dirías que es la satisfacción del mundo. Piénsalo. Normalmente, la reacción espontánea es darle menos valoración al mundo en general que a nosotros mismos. El cerebro está programado para hacernos pensar que nosotros estamos mejor que el resto, y esto es algo fundamental.



Entrevista publicada en Executive Excellence nº94 jul/ago12

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