¿Por qué nos cuesta tanto sonreír?

Somos un país acomplejado y pesimista. Esta es  la idea principal con la que me he quedado cuanto he leído  este artículo de Héctor G. Barnés @hectorgbarnes sobre las conferencias de Luis Rojas Marcos y Eduardo Marina en un acto con motivo del día mundial de la sonrisa.

Me ha llamado mucho la atención la siguiente afirmación: sólo en España existe el concepto de “vergüenza ajena” y es que como dice Marina  “tenemos un sentido del ridículo feroz”  mucho más pronunciado que otras culturas. Es increíble, que no solo nos sentimos ridículos por lo que nosotros hacemos sino que muy a menudo nos sentimos mal por lo que hacen los demás. Hacemos gala de ser un país alegre y sin embargo no encajamos el fallo con el sentido del humor necesario para hacer del mismo una oportunidad.

Además no solo nos cuesta  sonreír, como se apunta en el artículo, nos cuesta llorar, nos cuesta abrazar, nos cuesta cantar, nos cuesta bailar, nos cuesta alabar, nos cuesta decir te quiero, nos cuesta agradecer… En resumen,  nos cuesta emocionarnos,  sobre todo en público, eso  o es cursi o es signo de debilidad.  Lo que no acabamos de entender es que es todo lo contrario, el que nos cueste hacer todo esto es signo de inseguridad. En fin, mucho tenemos que madurar emocionalmente.

Os dejo el artículo que tiene muchas más ideas  con las que reflexionar.

“El optimismo aún no está aceptado en España, se piensa que es de ingenuos”

La fuerza de la dialéctica. José Antonio Marina y el doctor Luis Rojas Marcos, dos de los grandes pensadores de España (en la acepción más amplia del término; uno de ellos filósofo, el otro, psiquiatra) se reunieron ayer en la Casa de América en un acto presentado por el periodista Javier del Pino para tomarle el pulso al buen o mal humor de un país, el nuestro, que no ha tenido últimamente muchos motivos para sonreír.

Con motivo de la celebración del Día Mundial de la Sonrisa promovido por Danone, ambos conferenciantes recordaron la importancia del mero acto de sonreír, no únicamente “como expresión dirigida a otra persona, para decirle ‘no tengas miedo, quiero conectar contigo’”, como recordaba Marina, sino también como forma de comunicarnos con nosotros mismos. “Cuando yo sonrío, expreso mi bienestar, pero también aumento mi bienestar”.

Como han demostrado diversas investigaciones, sonreír nos ayuda a sentirnos más cómodos, a  ser más agradables con los demás, a conseguir con mayor facilidad nuestros objetivos. Lo fisiológico y lo mental están mucho más relacionados de lo que pensamos: como recuerda el filósofo, intenta ponerte un lápiz en la boca para forzar una sonrisa cuando estás enfadado.

 Los imperativos del pesimismo

Vivimos en la cultura del gesto hosco, recuerda el autor de El aprendizaje de la creatividad (Ariel), y por eso debemos reivindicar una cultura de la sonrisa. A pesar de que ramificaciones de la psicología como el conductismo o la psicología positiva, propiamente americanas, han demostrado la importancia del optimismo, el pesimismo sigue siendo un valor vigente, especialmente en el Viejo Continente.

En Europa y España somos más pesimistas que en Estados Unidos

“En  España, el pesimismo tiene un gran prestigio intelectual”, recuerda Marina, “pero todos los que han conseguido cosas han sido optimistas”. Mientras que en Europa el gran referente en el estudio de nuestras emociones es “un cenizo como Sigmund Freud”, al otro lado del charco el enfoque es mucho más positivo, con personajes como el conductista John B. Watson, aquel que dijera “dadme un niño y lo adiestraré para que sea un especialista en la materia que yo escoja (médico, abogado, ladrón o mendigo) independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, etc”.

Rojas Marcos recuerda que “el optimismo en España no está aceptado”, al contrario de lo que ocurre en otros países como Estados Unidos, donde la sonrisa y el optimismo “están glorificados”. Buena muestra de ello son, por ejemplo, las entrevistas de trabajo. “Nunca digas allí que eres realista, no digamos ya  pesimista”, explica el psiquiatra. Sin embargo, aquí nadie se describiría como un optimista en nuestro país.

Cuando el pensamiento automático acaba con nosotros

Rojas Marcos cuenta a tal respecto una ilustrativa anécdota. En un viaje transoceánico en avión, su vecina de asiento interrogó al doctor sobre su motivo de su viaje. El psiquiatra le respondió que iba a dar una charla, a lo que ella, automáticamente replicó “pues España está muy mal”. Rojas Marcos le pregunta que por qué, y ella responde que “porque estamos rodeados de maltratadores y terroristas”.

Si creemos que nuestro jefe nos trata mal, pensaremos que no pasa nada si nos llevamos algo de la oficina

La siguiente pregunta del psiquiatra del Consejo de Medicina del Estado de Nueva York era lógica: “¿tiene algún vecino que sea maltratador?”  La mujer se puso a pensar y dijo, claro, que no. “¿Y terrorista?” Obviamente, tampoco. Es una muestra de ese “pensamiento automático”, como lo denomina el autor de La fuerza del optimismo(Punto de lectura), que nos lleva a darle más importancia a las lejanas amenazas que a las cosas positivas que nos rodean.

Un mal del que parece estar aquejado toda España. Como recuerda Marina, “pensar que todo va mal genera un sistema de excusas tremendo” que conduce, por ejemplo, a la corrupción. “Si creemos que nuestro jefe nos trata mal, pensaremos que no pasa nada si nos llevamos algo de la oficina”. La sociedad y cultura que nos rodean influye mucho en nuestra percepción de las cosas: en las novelas de caballería era habitual que el héroe llorase como una magdalena porque era algo no sólo permisible, sino también positivo. Hoy en día, llorar en público es una señal de debilidad.

Estamos mejor de lo que pensamos

Un curioso y barato experimento social realizado entre el auditorio ilustra bien lo importante que resultan tanto la subjetividad como el contexto social en la percepción de nuestra propia felicidad. Rojas Marcos pide que levanten la mano aquellos que darían a su felicidad una nota de un 6 o más, algo que hace alrededor del 90% del auditorio, una mayoría casi unánime. Y, sin embargo, tendemos a valorar la felicidad de los demás de manera inferior a la que realmente les corresponde.

Nos pasamos la vida echando en falta algo o lamentando lo que hemos perdido

 

Paradójicamente, “pensamos que somos más felices que los demás” (aunque nos pasemos todo el día quejándonos). El psiquiatra recuerda que nuestro organismo, salvo en algunos casos, está preparado para  ser optimistas y pensar que somos felices: “La mayor parte de personas se encuentran razonablemente bien”.

La excepción es, por ejemplo, lo que Marina denomina “el niño que nunca sonríe”, aquel que interpreta todo de manera negativa: “No es tan fácil aprender a disfrutar de las cosas, nos pasamos la vida echando en falta algo o lamentando lo que hemos perdido. El presente se devalúa”.

La falsa sonrisa de los políticos

Del Pino plantea una última y polémica pregunta a los ponentes: ¿cómo sonríen los políticos españoles, como es el caso de Mariano Rajoy, descrito hace un par de años por The Economist como “la pesadilla de los asesores de imagen”. Marina reconoce que “la sonrisa es bastante forzada” entre nuestros mandatarios, a diferencia de lo que ocurre en el extranjero. “No dominan el terreno de la imagen como sí lo hacen en otros países”.

Sólo en España existe el concepto de ‘vergüenza ajena’  

Entre otras razones, porque en España aún mantenemos “un sentido del ridículo feroz”, ya que aún nos sentimos inseguros en nuestras relaciones con los demás. Por ello, indica Marina, el español es el único idioma en el que existe un término (“vergüenza ajena” o “Spanish shame”) que sirve para denominar al apuro que pasamos cuando observamos a otras personas comportarse de manera que consideramos ridícula.

Reírnos de nosotros mismos, pues, quizá sería lo más apropiado. O, mejor dicho, sonreírnos a nosotros mismos, porque como afirmaba Freud, “la risa es muy agresiva”. Sin embargo, el sentido del humor es mucho más compasivo. Marina define el buen humor como “la propensión a dar respuestas agradables a los estímulos recibidos”. Es decir, como explica Rojas Marcos mediante una anécdota, la diferencia entre decir “has debido tener un mal día” o “eres inaguantable y no tienes remedio” ante un comentario desafortunado de la pareja.

Fuente: El Confidencial. Ir al artículo original

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